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Pascua
en Cuba
Dora Amador
Fui testigo del esplendor y la ruina. Llegué a Cuba el
12 de mayo, regresé a Miami el 26, época pascual, ese
tiempo de 50 días que se inicia el Domingo de
Resurrección y termina el Domingo de Pentecostés. No
fue casual mi Pascua en Cuba. Nada lo es.
Generosidad y carencias, tardes colmadas de sol y sudor
a pie. Brisa exquisita de noches de luna sobre el
Malecón y la Rampa, el Cerro, Boyeros, la Alameda.
Ciudades de una arquitectura excepcional, de una belleza
única. Viví la angustia, vi los escombros, y también la
reconstrucción.
• El hijo de un querido primo marxista y ateo es
católico. Se llama Moisés Valdés, tiene 24 años, y
compartir con él es una de las vivencias más profundas
que me aguardan en La Habana. Llegué unos días antes de
su Confirmación; asisto a los tres ciclos de
conferencias que se celebran todas las tardes en la
parroquia de Santa Rita, en Miramar, como parte de la
preparación final para recibir el sacramento. El primer
día del triduo la hermana Sara Olga Pérez da una
brillante charla sobre la Patria; el segundo, Dagoberto
Valdés habla de cultura y fe.
En la noche del viernes 22 de mayo, con la iglesia
repleta, 54 hombres y mujeres son confirmados por el
cardenal Jaime Ortega; preside también la celebración el
párroco de Santa Rita, José Félix Pérez Riera. Me
impresiona la fe y la espiritualidad de éstos y muchos
otros jóvenes con los que comparto en distintas
comunidades religiosas que visito durante mi viaje.
• Guiada por Moisés, me voy el sábado a recorrer
iglesias por La Habana: Jesús de Miramar, Cristo del
Buen Viaje, del Carmen, la Catedral, del Ángel, y la más
bella: el Sagrado Corazón de la calle Reina. Son
hallazgos que superan toda expectativa.
• Es domingo, día de mi cumpleaños, con mis primos Omar
y Lucila, Raiza y Roberto, me adentro en el grandioso
Valle de Viñales. En aquel silencio sobrecogedor que nos
rodea, pregunto de dónde brota el agua que escucho. No
es agua, me dicen, es el sonido del aire en las palmas.
Miro alrededor, imposible expresar la belleza del campo
cubano.
• Son montuno y buena comida en el Paladar de Dago, en
el mismo pueblito de Viñales, donde nacieron mis abuelos
y bisabuelos. Esa noche toda la familia se reúne en mi
casa de la calle Alameda, en Pinar del Río. Momento
entrañable bajo las estrellas, entre el olor a azahares
alrededor de una mesa. Es el viejo patio de mi infancia.
• ¿Qué me place? ¿Langosta o pargo acabaditos de pescar?
¿Lomo de puerco, jamón, pollo, carne de res de primera,
conejo? ¿Qué quiero, café del bueno, ¿Gasolina? En la
bolsa negra puedo comprar de todo. Sólo necesito dólares.
Maestros de la supervivencia, estos seres desnutridos,
agotados, agobiados, curtidos a más no poder por un
calor abrasador, pedalean incesantes su bicicleta,
resolviendo. Otros suben y bajan de esas rastras
horrendas que llaman camellos llevando siempre con ellos
paquetes y jabas en los que esconden tabacos, piezas de
autos, clavos, madera, lo que sea para vender por
dólares. Sálvese quien pueda. El robo al Estado es el
engranaje nacional; la economía subterránea en manos de
la población es lo que mueve al país, la que mantiene
con algo de vida al pueblo cubano.
• ¿Qué busco? ¿Enlatados Libby's, Del Monte, Coca-Cola,
Pepsi, Sprite? ¿Pasta de guayaba Conchita? ¿Vinos,
licores, whisky y cervezas importados? ¿Galleticas,
panes variados, helados, jaleas de frutas, embutidos
españoles, turrones, aceites, perfumes franceses o
americanos, boliche, filete, falda, mariscos? ¿Televisores,
estufas, neveras, radios, juguetes, ropa, zapatos,
cigarros Winston, Salem? El Estado tiene de todo, de
todo, a la venta en las shopping que se ven por todas
partes. Sólo necesito dólares, ser turista o extranjero.
Hay restaurantes de lujo estatales y paladares caseros,
en dólares. Se acaba de abrir una farmacia enorme con
todo tipo de medicinas, en dólares. El mall de
Carlos III es como cualquiera de Estados Unidos, más
pequeño, se compra de todo, en dólares. La economía
cubana está sumida en la esquizofrenia absoluta: la
moneda nacional con que se le paga el salario a los
cubanos, el peso, no vale nada, todos andan obsesos, les
va la vida en ello, en la búsqueda de dólares.
• Insisto en comprar con pesos cubanos, quiero
experimentar la vida del cubano. Como una plaga de
mosquitos zumbando me pasan negros, blancos, mulatos a
la entrada de Cuatro Caminos en La Habana, ofreciéndome
en voz baja el cambio de moneda. ``Dólares, compro
dólares'', ``Dólares, tengo dólares''. Adentro,
exuberancia de frutos de la tierra cubana: malangas,
mameyes, calabazas, maíz para los tamales más ricos del
mundo, mangos, como ningunos, cebollas y ajos, toda
vianda, todo vegetal, toda fruta apetecible al paladar.
¿Y el cárnico? Por montones. Reses en trozos, y también
pollos, guineas y cochinos vivos, listos para matar al
instante, delante de ti. No puedo más. Hay cabezas de
carneros degollados a la venta chorreando sangre. Y
muchas moscas sobre la carne sin refrigerar.
• ¿Logré igualarme a mi pueblo en 14 días, aunque no
haya ido a Varadero ni al Meliá Cohíba, ni haya cenado
en los lujosos restaurantes de La Habana ni montado un
Panataxi? ¿Pude vivir la experiencia cubana, la real y
cotidiana, la desesperada, la intolerable? No, porque
llevaba dólares, y tenía privilegios, total acceso.
Para ser cubano de verdad hay que pasar mucha hambre,
sentirla como una punzada perenne en el estómago, no
encontrar transporte, caminar bajo el calor y hallar que
se ha ido el agua de nuevo cuando se llega a la casa;
sufrir un atroz dolor de cabeza y no tener una aspirina,
tener diarrea o asma o neumonía, y carecer de
antibióticos o de muchas medicinas. Adentrarse en la
desesperanza, ver la muerte cara a cara, ésa es la vida
que vive la inmensa mayoría del pueblo cubano.
Junio 4, 1998 |