“No tenía brillo ni belleza para que nos fijáramos en él, y su apariencia no era como para cautivarnos. [3] Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él. [4] Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado, [5] y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados.  Isaías 53. 2-5
 

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XXX - Feb. 2009

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Pascua en Cuba

Dora Amador

Fui testigo del esplendor y la ruina.  Llegué a Cuba el 12 de mayo, regresé a Miami el 26, época pascual, ese tiempo de 50 días que se inicia el Domingo de Resurrección y termina el Domingo de Pentecostés.  No fue casual mi Pascua en Cuba.  Nada lo es.

Generosidad y carencias, tardes colmadas de sol y sudor a pie. Brisa exquisita de noches de luna sobre el Malecón y la Rampa, el Cerro, Boyeros, la Alameda. Ciudades de una arquitectura excepcional, de una belleza única. Viví la angustia, vi los escombros, y también la reconstrucción.

• El hijo de un querido primo marxista y ateo es católico. Se llama Moisés Valdés, tiene 24 años, y compartir con él es una de las vivencias más profundas que me aguardan en La Habana. Llegué unos días antes de su Confirmación; asisto a los tres ciclos de conferencias que se celebran todas las tardes en la parroquia de Santa Rita, en Miramar, como parte de la preparación final para recibir el sacramento. El primer día del triduo la hermana Sara Olga Pérez da una brillante charla sobre la Patria; el segundo, Dagoberto Valdés habla de cultura y fe.

En la noche del viernes 22 de mayo, con la iglesia repleta, 54 hombres y mujeres son confirmados por el cardenal Jaime Ortega; preside también la celebración el párroco de Santa Rita, José Félix Pérez Riera. Me impresiona la fe y la espiritualidad de éstos y muchos otros jóvenes con los que comparto en distintas comunidades religiosas que visito durante mi viaje.

• Guiada por Moisés, me voy el sábado a recorrer iglesias por La Habana: Jesús de Miramar, Cristo del Buen Viaje, del Carmen, la Catedral, del Ángel, y la más bella: el Sagrado Corazón de la calle Reina. Son hallazgos que superan toda expectativa.

• Es domingo, día de mi cumpleaños, con mis primos Omar y Lucila, Raiza y Roberto, me adentro en el grandioso Valle de Viñales. En aquel silencio sobrecogedor que nos rodea, pregunto de dónde brota el agua que escucho. No es agua, me dicen, es el sonido del aire en las palmas. Miro alrededor, imposible expresar la belleza del campo cubano.

• Son montuno y buena comida en el Paladar de Dago, en el mismo pueblito de Viñales, donde nacieron mis abuelos y bisabuelos. Esa noche toda la familia se reúne en mi casa de la calle Alameda, en Pinar del Río. Momento entrañable bajo las estrellas, entre el olor a azahares alrededor de una mesa. Es el viejo patio de mi infancia.

• ¿Qué me place? ¿Langosta o pargo acabaditos de pescar? ¿Lomo de puerco, jamón, pollo, carne de res de primera, conejo? ¿Qué quiero, café del bueno, ¿Gasolina? En la bolsa negra puedo comprar de todo. Sólo necesito dólares.

Maestros de la supervivencia, estos seres desnutridos, agotados, agobiados, curtidos a más no poder por un calor abrasador, pedalean incesantes su bicicleta, resolviendo. Otros suben y bajan de esas rastras horrendas que llaman camellos llevando siempre con ellos paquetes y jabas en los que esconden tabacos, piezas de autos, clavos, madera, lo que sea para vender por dólares. Sálvese quien pueda. El robo al Estado es el engranaje nacional; la economía subterránea en manos de la población es lo que mueve al país, la que mantiene con algo de vida al pueblo cubano.

• ¿Qué busco? ¿Enlatados Libby's, Del Monte, Coca-Cola, Pepsi, Sprite? ¿Pasta de guayaba Conchita? ¿Vinos, licores, whisky y cervezas importados? ¿Galleticas, panes variados, helados, jaleas de frutas, embutidos españoles, turrones, aceites, perfumes franceses o americanos, boliche, filete, falda, mariscos? ¿Televisores, estufas, neveras, radios, juguetes, ropa, zapatos, cigarros Winston, Salem? El Estado tiene de todo, de todo, a la venta en las shopping que se ven por todas partes. Sólo necesito dólares, ser turista o extranjero. Hay restaurantes de lujo estatales y paladares caseros, en dólares. Se acaba de abrir una farmacia enorme con todo tipo de medicinas, en dólares. El mall de Carlos III es como cualquiera de Estados Unidos, más pequeño, se compra de todo, en dólares. La economía cubana está sumida en la esquizofrenia absoluta: la moneda nacional con que se le paga el salario a los cubanos, el peso, no vale nada, todos andan obsesos, les va la vida en ello, en la búsqueda de dólares.

• Insisto en comprar con pesos cubanos, quiero experimentar la vida del cubano. Como una plaga de mosquitos zumbando me pasan negros, blancos, mulatos a la entrada de Cuatro Caminos en La Habana, ofreciéndome en voz baja el cambio de moneda. ``Dólares, compro dólares'', ``Dólares, tengo dólares''. Adentro, exuberancia de frutos de la tierra cubana: malangas, mameyes, calabazas, maíz para los tamales más ricos del mundo, mangos, como ningunos, cebollas y ajos, toda vianda, todo vegetal, toda fruta apetecible al paladar. ¿Y el cárnico? Por montones. Reses en trozos, y también pollos, guineas y cochinos vivos, listos para matar al instante, delante de ti. No puedo más. Hay cabezas de carneros degollados a la venta chorreando sangre. Y muchas moscas sobre la carne sin refrigerar.

• ¿Logré igualarme a mi pueblo en 14 días, aunque no haya ido a Varadero ni al Meliá Cohíba, ni haya cenado en los lujosos restaurantes de La Habana ni montado un Panataxi? ¿Pude vivir la experiencia cubana, la real y cotidiana, la desesperada, la intolerable? No, porque llevaba dólares, y tenía privilegios, total acceso.

Para ser cubano de verdad hay que pasar mucha hambre, sentirla como una punzada perenne en el estómago, no encontrar transporte, caminar bajo el calor y hallar que se ha ido el agua de nuevo cuando se llega a la casa; sufrir un atroz dolor de cabeza y no tener una aspirina, tener diarrea o asma o neumonía, y carecer de antibióticos o de muchas medicinas. Adentrarse en la desesperanza, ver la muerte cara a cara, ésa es la vida que vive la inmensa mayoría del pueblo cubano.

Junio 4, 1998

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