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Con mi
pueblo, por desgracia
Dora Amador
Me animaba escribir sobre la decisión de los diputados
chilenos, Patricio Walker y Renán Fuentealba, de no ir a
Cuba junto a la presidenta Michelle Bachelet el 13 de
febrero si ésta no se reúne con representantes de la
oposición. Me acuerdo bien de la mañana, súbitamente
luminosa, en que leí el artículo de Patricio Walker
Abramos las puertas a los disidentes cubanos en La
Habana, publicada en estas páginas el 23 de agosto
de 2004. Como una piedra en el pecho me ha pesado
siempre la insolidaridad latinoamericana para con el
pueblo cubano. Y he aquí un chileno democristiano que
alzaba la voz en defensa nuestra, exigiendo la apertura
de las embajadas latinoamericanas a los disidencia
cubana. Y ahora, casi cinco años después, consecuente
con su posición se niega a ir con Bachelet. Gracias
Democracia Cristiana chilena.
Cómo no estar animada a escribir sobre Walker y otros
latinoamericanos como los ex presidentes Luis Alberto
Lacalle, de Uruguay; Patricio Aylwin, de Chile; Luis
Alberto Monge, de Costa Rica y muchos otros
parlamentarios y ciudadanos que apoyan la
democratización de mi país. Gracias desde lo más
profundo de mi corazón les doy hoy a los chilenos y a
los argentinos que se nieguen a acompañar a sus
presidentas –pronto también va Cristina Kishner a La
Habana– si éstas no hacen el indispensable gesto de
ética y decencia políticas de escuchar lo que tienen que
decirle los hombres y mujeres cubanos que anhelan la
libertad que ellas, Bachelet y Kishner, disfrutan en sus
países, después de sufrir en su propia carne lo que es
una dictadura, como las de Pinochet y Videla. Contrario
a los cubanos, ellas recibieron una imponente
solidaridad internacional. No ha sido esa la suerte de
Cuba. En Argentina y Chile las dictaduras eran de
derecha, en Cuba es comunista. Es tema archiconocido. No
debería asombrarme cómo hacen fila ahora los presidentes
latinoamericanos para darle la mano y un abrazo de
despedida al moribundo Fidel Castro, supongo que todos
quieren gozar de ese privilegio antes que el viejo
caudillo muera. Es como si antes de morir pasaran por
el lecho de Franco, Stalin o Hitler, los presidentes
europeos para despedirse con admiración de ellos. Castro
ha causado cientos de miles de asesinatos en el
continente latinoamericano, ha hecho de Cuba una cárcel
–ningún cubano entra o sale de la isla desde hace 50
años si el Estado no lo autoriza, y únicamente se
autorizan los fines políticos del partido–, ha fusilado
a miles de ciudadanos y encarcelado a otros miles por
disentir de su régimen de terror.
Pero paso a otro asunto que me siento obligada a aclarar
brevemente. Y es el acto de repudio que algunos cubanos
del exilio han realizado en contra mía por mi artículo
Preparada para ir a Cuba, publicado el pasado 3
de enero. El motivo de los insultos es el deseo que
expresé de viajar a mi país si Barack Obama elimina las
restricciones de los viajes de los cubanos a Cuba y Cuba
elimina las restricciones del permiso de entrada a sus
ciudadanos. Dije que quería ir cuantas veces quisiera,
viajar libremente por mi tierra, donde nací, y que
cuando cumpliera los 62 años (dentro de año y medio,
cuando reciba mi retiro), querría establecerme allá, aun
si no se ha alcanzado la anhelada libertad.
Me atacan también porque sugerí el establecimiento de
barcos para quien quisiera llevar para Cuba autos,
muebles, electrodomésticos y mudadas enteras si se abren
las puertas a los cubanoamericanos. No voy a repetir
aquí el contenido de estos comentarios que aparecieron
en la edición digital del periódico. Pero sí voy a
aclarar algo, y que me perdonen las personas que sí
conocen mi trayectoria transparente plasmada en estas
páginas desde 1989.
En efecto, me permitieron entrar a Cuba en 1978 y en
1998. Pero me negaron la entrada durante los días de la
visita del Papa, cuando iba con un grupo de peregrinos
por una semana. Y me la negaron cuando intenté regresar
definitivamente a partir de 1998, aunque esta vez el
permiso no sólo lo pedía yo, sino la congregación
religiosa a la que había entrado como postulante ese año.
Cuando comprobé en diciembre de 2000, estando en Chile y
habiendo terminado mi primer año de noviciado que no me
permitirían entrar a Cuba, regresé a Miami. No se puede
entrar en una congregación religiosa con condiciones, la
mía era ir a Cuba. Llegué aquí sin trabajo, sin carro,
sin casa, sin muebles, sin nada, porque antes de irme lo
había dejado todo, la mayoría de las cosas las regalé,
otras las vendí muy barato. De todas formas no poseía
tanto. Una vez aquí en enero de 2001 me fui a vivir a un
apartamentico detrás de una casa de La Pequeña Habana
por el que pagaba $300 mensuales y con el poco dinero
que pude guardar compré un carro muy barato, que todavía
uso. Gracias a Dios sobreviví sin empleo por seis meses
hasta que encontré trabajo.
Hoy vivo en una comunidad laica de espiritualidad
franciscana. La casa le pertenece a una de ellas. Yo no
poseo nada, excepto lo que cabe apretado en un cuarto:
cama, escritorio, computadora, butaca para leer y
descansar, televisor y un librerito. Por tanto no son
mis planes ir con posesiones a disfrutar de un retiro
malagradecido a Estados Unidos. Me voy sin nada, a
incorporarme a la sociedad civil, a unirme a la obra
evangelizadora de gente que quiero, y que, por cierto
está abiertamente en contra del gobierno. Yo no sólo me
reuniré con la disidencia, quiero ser parte de ella,
pacífica, amorosa, reconciliadoramente. Termino citando
unos versos de la Anna Akhmatova (1889-1966), una poeta
ucraniana a quien le fusilaron el marido en Rusia,
opositora radical al comunismo, que siempre he admirado
por su poesía y su entereza:
“Ni bajo extraño cielo,
ni al amparo de alas extrañas,
que estuve siempre con mi pueblo
donde mi pueblo estaba por desgracia”.
Enero 16, 2009 |