“No tenía brillo ni belleza para que nos fijáramos en él, y su apariencia no era como para cautivarnos. [3] Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él. [4] Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado, [5] y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados.  Isaías 53. 2-5
 

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XXX - Feb. 2009

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Con mi pueblo, por desgracia

Dora Amador

Me animaba escribir sobre la decisión de los diputados chilenos, Patricio Walker y Renán Fuentealba, de no ir a Cuba junto a la presidenta Michelle Bachelet el 13 de febrero si ésta no se reúne con representantes de la oposición. Me acuerdo bien de la mañana, súbitamente luminosa, en que leí el artículo de Patricio Walker Abramos las puertas a los disidentes cubanos en La Habana, publicada en estas páginas el 23 de agosto de 2004. Como una piedra en el pecho me ha pesado siempre la insolidaridad latinoamericana para con el pueblo cubano. Y he aquí un chileno democristiano que alzaba la voz en defensa nuestra, exigiendo la apertura de las embajadas latinoamericanas a los disidencia cubana. Y ahora, casi cinco años después, consecuente con su posición se niega a ir con Bachelet. Gracias Democracia Cristiana chilena.

Cómo no estar animada a escribir sobre Walker y otros latinoamericanos como los ex presidentes Luis Alberto Lacalle, de Uruguay; Patricio Aylwin, de Chile; Luis Alberto Monge, de Costa Rica y muchos otros parlamentarios y ciudadanos que apoyan la democratización de mi país. Gracias desde lo más profundo de mi corazón les doy hoy a los chilenos y a los argentinos que se nieguen a acompañar a sus presidentas –pronto también va Cristina Kishner a La Habana– si éstas no hacen el indispensable gesto de ética y decencia políticas de escuchar lo que tienen que decirle los hombres y mujeres cubanos que anhelan la libertad que ellas, Bachelet y Kishner, disfrutan en sus países, después de sufrir en su propia carne lo que es una dictadura, como las de Pinochet y Videla. Contrario a los cubanos, ellas recibieron una imponente solidaridad internacional. No ha sido esa la suerte de Cuba. En Argentina y Chile las dictaduras eran de derecha, en Cuba es comunista. Es tema archiconocido. No debería asombrarme cómo hacen fila ahora los presidentes latinoamericanos para darle la mano y un abrazo de despedida al moribundo Fidel Castro, supongo que todos quieren gozar de ese privilegio antes que el viejo caudillo muera.  Es como si antes de morir pasaran por el lecho de Franco, Stalin o Hitler, los presidentes europeos para despedirse con admiración de ellos. Castro ha causado cientos de miles de asesinatos en el continente latinoamericano, ha hecho de Cuba una cárcel –ningún cubano entra o sale de la isla desde hace 50 años si el Estado no lo autoriza, y únicamente se autorizan los fines políticos del partido–, ha fusilado a miles de ciudadanos y encarcelado a otros miles por disentir de su régimen de terror.

Pero paso a otro asunto que me siento obligada a aclarar brevemente. Y es el acto de repudio que algunos cubanos del exilio han realizado en contra mía por mi artículo Preparada para ir a Cuba, publicado el pasado 3 de enero. El motivo de los  insultos es el deseo que expresé de viajar a mi país si Barack Obama elimina las restricciones de los viajes de los cubanos a Cuba y Cuba elimina las restricciones del permiso de entrada a sus ciudadanos. Dije que quería ir cuantas veces quisiera, viajar libremente por mi tierra, donde nací, y que cuando cumpliera los 62 años (dentro de año y medio, cuando reciba mi retiro), querría establecerme allá, aun si no se ha alcanzado la anhelada libertad.

Me atacan también porque sugerí el establecimiento de barcos para quien quisiera llevar para Cuba autos, muebles, electrodomésticos y mudadas enteras si se abren las puertas a los cubanoamericanos. No voy a repetir aquí el contenido de estos comentarios que aparecieron en la edición digital del periódico. Pero sí voy a aclarar algo, y que me perdonen las personas que sí conocen mi trayectoria transparente plasmada en estas páginas desde 1989.

En efecto, me permitieron entrar a Cuba en 1978 y en 1998. Pero me negaron la entrada durante los días de la visita del Papa, cuando iba con un grupo de peregrinos por una semana. Y me la negaron cuando intenté regresar definitivamente a partir de 1998, aunque esta vez el permiso no sólo lo pedía yo, sino la congregación religiosa a la que había entrado como postulante ese año. Cuando comprobé en diciembre de 2000, estando en Chile y habiendo terminado mi primer año de noviciado que no me permitirían entrar a Cuba, regresé a Miami. No se puede entrar en una congregación religiosa con condiciones, la mía era ir a Cuba. Llegué aquí sin trabajo, sin carro, sin casa, sin muebles, sin nada, porque antes de irme lo había dejado todo, la mayoría de las cosas las regalé, otras las vendí muy barato. De todas formas no poseía tanto. Una vez aquí en enero de 2001 me fui a vivir a un apartamentico detrás de una casa de La Pequeña Habana por el que pagaba $300 mensuales y con el poco dinero que pude guardar compré un carro muy barato, que todavía uso. Gracias a Dios sobreviví sin empleo por seis meses hasta que encontré trabajo.

Hoy vivo en una comunidad laica de espiritualidad franciscana. La casa le pertenece a una de ellas. Yo no poseo nada, excepto lo que cabe apretado en un cuarto: cama, escritorio, computadora, butaca para leer y descansar, televisor y un librerito. Por tanto no son mis planes ir con posesiones a disfrutar de un retiro malagradecido a Estados Unidos. Me voy sin nada, a incorporarme a la sociedad civil, a unirme a la obra evangelizadora de gente que quiero, y que, por cierto está abiertamente en contra del gobierno. Yo no sólo me reuniré con la disidencia, quiero ser parte de ella, pacífica, amorosa, reconciliadoramente. Termino citando unos versos de la Anna Akhmatova (1889-1966), una poeta ucraniana a quien le fusilaron el marido en Rusia, opositora radical al comunismo, que siempre he admirado por su poesía y su entereza:

“Ni bajo extraño cielo,
ni al amparo de alas extrañas,
que estuve siempre con mi pueblo
donde mi pueblo estaba por desgracia”.

Enero 16, 2009

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