Veinticuatro horas en la vida de monseñor Siro
Miguel Sabater
El 25 de abril pasado llegué a Mantua para conocerlo. Siro –como
a él más le agrada que le llamen– nació en Candelaria el 9 de
diciembre de 1930 en una familia cuya única riqueza consistía en
su fe. Sus padres Juan Francisco y Justiniana lo educaron con su
hermana Anisia en las mejores tradiciones familiares y
religiosas.
Con 12 años, en pleno hervor de su adolescencia, fue llevado por
el padre franciscano Mario Cuende al seminario de San Carlos y
San Ambrosio de La Habana, un viaje decisivo para su formación
religiosa que él a menudo se complace en recordar. Tres años
después comenzó en el nuevo seminario El Buen Pastor donde haría
su carrera sacerdotal.
Se ordenó sacerdote el 28 de febrero de 1954 y celebró su
primera misa en Candelaria el 7 de marzo siguiente. Fue
secretario del obispo Evelio Díaz y coadjutor de la Catedral de
la diócesis de Pinar del Río.
Desde 1957 hasta 1979 se desempeñó como párroco de San Juan y
Martínez, de cuya experiencia conserva muy gratos recuerdos. En
ese último año el entonces obispo de Pinar del Río, monseñor
Jaime Ortega, lo nombró Vicario General de la diócesis y párroco
de la Catedral hasta 1982 en que Juan Pablo II lo nombró obispo.
Durante su medio siglo de consagración a la Iglesia monseñor
Siro reconstruyó templos y se vinculó al trabajo con los
campesinos, a quienes evangelizó en el bregar de la faena
diaria.
Se preocupó por la promoción y cuidado de las vocaciones
sacerdotales y religiosas logrando, paulatinamente, el
incremento de su presencia en la diócesis.
Durante su episcopado de casi un cuarto de siglo, concibió y
desarrolló numerosas iniciativas pastorales que además de sus
beneficios eclesiásticos consolidaron la presencia de la Iglesia
en el mundo de la cultura y su relación con intelectuales y
artistas. Fomentó espacios de debate socio-culturales, salones
de arte religioso, concursos literarios. Fundó la Comisión
Católica para la cultura, el Centro de Formación Cívica y
Religiosa, la revista y ediciones Vitral, un taller de
restauración, el grupo musical Ágape y aulas de música y
computación.
Cuando en 1982 tomó posesión de su diócesis solo había en ella
11 sacerdotes y 7 religiosas. El día que la entregó a monseñor
Enrique Serpa la diócesis se había incrementado en 17
sacerdotes, 30 religiosas y numerosos laicos comprometidos con
la Iglesia.
En diciembre de 2005, cuando monseñor Siro cumplió 75 años,
presentó su renuncia al Papa por edad, tal como se exige en el
Código Canónico. Un año después Benedicto XVI nombró a monseñor
Enrique Serpa obispo de Pinar del Río para sustituirlo.
En los primeros días de 2007 el obispo emérito se estableció en
Mantua en una vivienda que ha ido adecuando a sus costumbres
domésticas y nuevos propósitos pastorales.
Se trata de una casa de medianas proporciones cuya pequeña sala
la ocupan un par de sillones de caoba, una pecera, un librero y
otro sillón donde él suele sentarse para charlar con sus
visitantes, leer y ver la televisión.
En la primera habitación habilitó una capilla donde celebra la
eucaristía, lee, reflexiona y ora en diversos momentos del día.
En ella hay una imagen de san José, una de Nuestra Señora de la
Caridad del Cobre y otra de Nuestra Señora de las Nieves,
Patrona de Mantua. Además se destaca un Vía Crucis pendiente de
una de las paredes, una mesa para consagrar, el Santísimo y
diversos ornamentos. En una butaca ante la cual hay un
reclinatorio monseñor Siro se sienta o prosterna para leer y
meditar los textos sagrados o rezar el rosario, del cual es un
ferviente devoto.
Las otras dos habitaciones son su dormitorio y el de sus
huéspedes, cuando los tiene. Por la cocina se accede a una
terraza que se extiende por el lateral de la casa, donde hay una
mesa para cuatro personas que es donde Siro prefiere desayunar,
almorzar y comer ya que es un sitio abierto al entorno, fresco y
claro, ambientado por los cantos de diversos pájaros cuyas
jaulas cuelgan del techo.
A un extremo de la terraza se destaca una fuente cuyas aguas
descienden en cascada a través de vasijas de barro, la cual fue
un regalo que el obispo emérito Pedro Meurice le hiciera.
Al final de la terraza se abre una puerta en cuyo borde superior
una inscripción anuncia: “Granja San José”, pasando la cual se
tiene a la vista un vasto jardín con plantas y flores donde se
impone la presencia de un rancho donde monseñor Siro ha creado
un auténtico museo que honra la vida tradicional campesina,
esencia de su origen familiar y quizás el mejor fundamento de su
cubanía.
Dominando este recinto cuelga un gran cartel con el fragmento de
un Salmo: “Creaturas del Señor, bendecid al Señor”.
Pueden verse allí la rueda de una carreta que evoca el paso de
los bueyes por los infinitos senderos del campo; el pilón para
el arroz, el embalse de agua conservada en una palma barrigona,
la humilde cocina de carbón, el sombrero de yarey, la escoba de
palmiche –entre otros implementos– y un muestrario con 36
variedades de maderas preciosas cubanas.
Para rematar este ambiente de subyugante criollismo figura en el
centro del rancho una mesa de madera pulida sobre la cual
destaca la reproducción de un bohío.
Hay una muestra de animales autóctonos disecados; pero también
los hay vivos en cautiverio o deambulando por el patio sembrado
de limoneros, naranjos, plátanos, orquídeas, mariposas,
marpacíficos y variedad de girasoles.
Cuando se observa este apacible universo radiante de
espiritualidad y poesía, uno empieza a comprender las razones
por las cuales el obispo emérito tendría que vivir en un sitio
apacible y pintoresco como Mantua, al que también se vinculan
apreciables leyendas y uno de nuestros hechos históricos más
notables. A unos metros de donde hoy está su casa Antonio Maceo
terminó la invasión, lo cual se recuerda con un monumento
erigido por el Estado cubano al que Siro, con sumo interés, me
sugirió que fuera a ver al atardecer del día en que llegué.
Siro es alto y fornido a la manera de un escandinavo, y a pesar
de sus años se desplaza sin dificultad. Se sienta a conversar
deslizado hacia delante con una pierna cruzada sobre la otra,
dispuesto a disfrutar la charla con su tabaco criollo. Fuma
hasta tres diarios. Si se excede corre el riesgo de perder un
poco de su idílico sueño. Habla reposadamente empleando términos
claros, y su conversación es fluida, coherente y sustancial. Su
sencillez hace que el interlocutor olvide el prejuicio
sicológico de tener ante sí a un hombre con dignidad episcopal.
Y cuando uno lleva algún tiempo tratándolo, advierte al
campesino tras el cual pervive un hombre de convicciones muy
personales dotado de una gran sensibilidad. De otra manera jamás
habría podido concebir este armonioso Edén Cubano donde se
abrazan sus dos grandes vocaciones: la de su fe y su cubanía.
De modo que se equivocan quienes crean que el obispo emérito se
ha retirado a Mantua a descansar. En realidad se trata de un
reposo fecundo.
¿Por qué se estableció en Mantua, tan lejos del pueblo de Pinar
del Río y de otros lugares donde se desempeñó como párraco, que
le han sido tan queridos?
“Debido a mi forma de ser yo no quería quedarme en Pinar del Río
cerca del obispo presente para evitar juicios de personas que me
fueran a consultar y todas esas cosas humanas que suelen ocurrir
y han ocurrido cuando dos obispos viven próximos.
”Entonces determiné no quedarme en Pinar del Río. Pensé entonces
en los pueblos donde yo había permanecido como párroco, pero
comprendí que ya es otra la realidad de hoy a la de cuando yo
estaba allá. Incluso la de Candelaria, que la quiero mucho y es
mi pueblo natal.
”Pensé entonces en Mantua, a donde yo venía acompañando al
Obispo cuando era un joven sacerdote para auxiliarlo en las
fiestas patronales, y donde también tuve amigos que aunque ya
han ido al encuentro con el Señor todavía quedan aquí sus hijos,
nietos y demás familiares. Mantua es un lugar tranquilo. Además
es el último pueblo al que la gente no viene porque está para
abajo, como aquí se dice, y tampoco se establecen porque está
muy lejos de La Habana. El pueblo tiene en general muy buenos
vecinos, muchos de los cuales por cierto no van a la Iglesia.
Pero en conjunto es un lugar y una vecindad agradable.
”Entonces por estas razones de afecto al pueblo determiné venir
para acá. Al mismo tiempo pensé que podía hacer crecer en mí la
devoción a la Virgen de las Nieves, que es la patrona de Mantua
y una de las primeras advocaciones marianas.
”Y hay una tercera razón. Yo la digo como bromeando pero en
parte es verdad. Y es que el que viene a Mantua es porque viene,
no porque pase casualmente por aquí. De manera que quien llega a
la puerta de mi casa es porque quiere verme y no de pasada para
saludar al obispo y tomarle el café.
”Me establecí en esta casita porque no estaba en el centro del
pueblo donde hay tiendas y comercios. Hablé con la dueña para
que me la alquilara, lo cual resultó después de muchos
contratiempos y dificultades burocráticas.
“Llegué el 10 de enero de 2007, y empecé a adecuar la vivienda
que estaba un poco abandonada, sobre todo el patio de tierra. Lo
primero que hice fue convertir la primera habitación en una
capillita para encontrarme con el Señor que es mi compañero de
estancia permanente. Adecué la otra habitación para mí y la más
pequeña para hospedar a las visitas, porque nadie que viene de
tan lejos puede irse el mismo día. Es un viaje largo y por tanto
agotador, más de 250 kilómetros de carretera por lo menos desde
La Habana.
”Luego hice algunos arreglos en el baño y la cocina, y así fue
surgiendo también un nuevo proyecto de vida.
”Levanté este rancho que lo he convertido en museo de las
tradiciones campesinas.
”Quiero decirte que aquí vienen tres tipos de personas. Las
mujeres para ver sobre todo las flores. Yo tengo aquí doce tipos
de marpacíficos, una flor tan cubana y al mismo tiempo universal
porque yo vi marpacíficos en el Monte de las Bienaventuranzas en
Jerusalén. Y las mujeres disfrutan mucho contemplando este
jardín que algunos vecinos amigos míos me ayudan a mantener.
”El otro tipo de personas que viene son los niños. A ellos les
atraen los animalitos. Vienen a menudo para traer a otros niños
que nunca han venido o para saber qué cosa nueva he incorporado
al museo.
”El resto de los visitantes son hombres jóvenes o adultos que se
interesan por el pilón, el molino, la piedra de destilar agua y
el resto de los implementos de la vida de los campesinos, que
algunos de ellos recuerdan de su niñez o sencillamente no
conocían porque la vida moderna ha ido desplazando el vestigio
de esa cultura.”
Entonces usted tiene un propósito bien definido con este museo.
“Yo quisiera que el encanto y el misterio de lo que he ido
logrando aquí puedan evangelizar a las personas que vienen a
buscar el contacto con todo esto. Muchas de ellas, por diversas
razones, nunca han ido a la Iglesia ni han enviado a sus hijos,
y yo aprovecho su curiosidad para que, como dice el cartel que
hay en el rancho: ‘Criaturas del Señor, bendecid al Señor’.
”Al lado de este cartel hay una pequeña figura de Martí que
tiene 108 años de creada con una reflexión suya que dice: ‘Dios
no necesita que lo defiendan. La naturaleza se encarga de
hacerlo’.”
¿Y todo esto, además, no es también un modo de evocar
creativamente su infancia?
“Esa reflexión que haces es muy linda para mí. Porque mis padres
fueron campesinos, y mi padre en especial era un hombre
encariñado con los animalitos. Siendo joven le gustaba mucho los
gallos, y por eso hizo llorar algunas veces a mi madre hasta que
los dejó. Luego se dedicó a los pajaritos. En mi casa siempre
los hubo. Después, siendo yo sacerdote, ayudé a mi padre a
incrementar una cría de pájaros hasta llegar a tener 64 tipos de
ellos.
”Me encantaba la vida en San Juan porque era la de un cura
rural. Tuve un caballo que me regaló Alejandro Robaina al que le
puse Hatuey y el único que podía montarlo era yo. Eso hizo que
me ganara las simpatías del pueblo, que veía a su cura fervoroso
atender a los enfermos, dar la misa, decir el catecismo y al
mismo tiempo montaba a caballo, trabajaba en el campo y salía
con Pancho el sacristán por todo el pueblo con el mismo estilo
con que ellos vivían.
”Te decía que me gustaba mucho ese tipo de vida que tuve que
terminarla cuando fui para la Catedral con gran lamento mío.
”Entonces pasaron los años, gran parte de ellos como obispo, con
bastantes ocupaciones y preocupaciones porque el ministerio
episcopal es muy complejo, sinceramente muy difícil. Y ahora que
me establecí en Mantua y puedo reposar, ha vuelto ese atavismo
mío, esa añoranza yo diría de lo que nunca dejé de ser: un
campesino, a pesar de los nombramientos y todo lo demás.”
¿Cómo es un día habitual de su vida aquí?
“Pues poco antes de las seis de la mañana suena el reloj. Me
levanto, me aseo, abro la puerta del frente para apagar la luz
del portal que ha permanecido encendida toda la noche. Luego me
santiguo con agua bendita y me siento en mi rinconcito del
oratorio a vivir un rato intenso de oración con el Señor, como
nunca en mi vida confieso que lo pude hacer. Ahí tengo mi
breviario, mis lecturas, hago mi reflexión y después la
Eucaristía, menos los jueves y domingos que celebro misa en la
parroquia del pueblo. Luego les doy de comer a los pececitos,
limpio cada una de las jaulas de los pajaritos y también les doy
de comer. Termino todo esto hacia las ocho o las ocho y cuarto,
y entonces desayuno en la terraza. A las nueve me doy un paseo
largo por el pueblo. A media mañana me pongo a leer o escribo
una especie de diario que abarca desde mi ordenación episcopal.
A las 12 y media almuerzo. Luego veo el noticiero de televisión
y después descanso la siesta, que es una vieja costumbre que
viene conmigo desde el seminario. Duermo una hora o una hora y
media, y después vengo para el rancho a leer otro poco. A las 4
y media hago alguna visita si no las recibo aquí. A las personas
que vienen a ver el museo y el jardín les doy una imagen de San
José para que se vayan con la semillita del Evangelio. A las 5 y
30 me baño. Después paso una hora en la capilla. Luego espero la
comida leyendo alguna revista y me siento a ver un poco de
televisión o alguna película. Allá a las diez o a las once
termina mi jornada. Voy a rezar completas y a dormir como un
niño.”
¿Cómo entiende usted que debe ser un sacerdote?
“Un hombre pleno. En primer lugar porque Dios se hizo hombre en
la persona de Jesús. Y cuando digo hombre estoy refiriéndome a
todo lo que implica esa palabra, es decir a ese hombre nuevo que
Cristo quiere hacer de nosotros. Solo sabiendo ser un buen
hombre puede lograr un sacerdote ser un digno ministro de la
Iglesia. En estos tiempos, además, el sacerdote debe ser de
profunda oración, de lo contrario corre el riesgo de perderse.
También debe ser un hombre con una dimensión misionera muy
grande para que no nos pase lo mismo que en algunos países de
gran tradición católica que hoy están inundados por el ateísmo.
Y por último el sacerdote debe ser un cubano de verdad, tiene
que sentir por los asuntos de su Iglesia y de su patria, pues
trata con un pueblo sufrido, dividido y desgarrado por el
ateísmo y la separación de muchas familias tanto física como
espiritualmente.”
¿Cuál es el momento más emotivo de su vida?
“Cuando vi morir a mi madre, a la que a pesar de ser obispo
reconozco que me unía una relación yo diría que exagerada. Me
negué a estudiar fuera de Cuba para no dejarla. Ella fue para mí
un gran apoyo. Otro momento muy emotivo fue mi primera visita a
Roma. Al oscurecer monseñor Meurice me dijo: ‘Vamos a rezar el
rosario en la Plaza de San Pedro’, y aquella experiencia fue
inolvidable, tan profundamente emotiva que jamás alcanzarían las
palabras.
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