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Los diez momentos del Pablo cristiano
Xavier Pikaza
Pablo es el hombre mejor conocido de la iglesia
(y quizá de toda la historia judía y romana,
entre el 30 y 64 d. C.). Se llamaba Saúl o Saulo,
como el primer rey israelita; pero más tarde
tomó un sobrenombre latino «Pablo» (Paulus, el
Pequeño) con el que se le conoce. Algunos le
toman como un impostor fanático, inventor del
cristianismo organizado con una iglesia propia,
en línea de poder (en contra de Jesús). Otros le
oponen a Pedro y a los representantes de la
iglesia jerárquica romana, tomándole como
defensor de una libertad puramente individual e
interior (en línea subjetivismo moderno). Pero
él no fue ni una cosa ni otra, sino que fue un
judío radical que siguió siendo radical al
hacerse cristiano. Fue un judío fariseo (Flp 3,
5) ya sí conoció y persiguió la misión de los
cristianos helenistas de Damasco que, a su
juicio, destruían la cohesión "nacional" (legal)
del pueblo y negaban la autoridad de Dios, al
identificar a su Hijo-Mesías con un crucificado.
Convertido en testigo/apóstol del Dios de Jesús
y de su gracia salvadora, Pablo irá fundando por
oriente comunidades de cristianos mesiánicos y
apocalípticos, enraizados en la tradición de las
promesas de Israel, pero separados de la
autoridad legal del judaísmo, como indicaremos.
Fue un creador de Iglesia, pero se mantuvo
siempre en comunión con Pedro y Santiago. Estos
son los diez momentos básicos de su vida
cristiana.
(1) Hasta el año 33. Cristiano antes de serlo.
El problema de Pablo: identidad judía,
universalidad humana. Pablo era, al mismo tiempo,
un judío helenista (de cultura griega) y muy
nacionalista (de línea farisea). Había nacido en
Tarso de Cilicia y vivía en Damasco, donde
conoció y persiguió a la comunidad cristiana
helenista que se había surgido. Su conocimiento
de los cristianos debió ser personal y profundo,
de primera mano. Sólo así se entiende el hecho
de perseguirles. «Yo podría confiar en la carne.
Si alguno cree tener de qué confiar en la carne,
yo más: circuncidado al octavo día, del linaje
de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de
hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto
al celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a
la justicia de la ley, irreprensible. » (Flp 3,
4-6). No parecía tener problemas de conciencia,
podía haberse mantenido en el judaísmo, cuya
«carne» (ley nacional) había querido defender al
perseguir a los cristiano. Pero en el fondo de
esa seguridad se escondía una inseguridad más
grande, que se expresaba en la misma violencia
con que perseguía a la iglesia. ¿Por qué
perseguía a los cristianos? Porque pensaba que
ellos rompían la identidad judía, al mezclar
desde un oscuro Jesús crucificado a judíos y
gentiles. Tenía miedo de perder la identidad
judía.
(2) Año 33. Encuentro con Jesús, experiencia
pascual. Probablemente persiguió a Jesús porque
había en él (y en los cristianos) algo que le
atraía: Cómo ser judío siendo universal.
Perseguía a los cristianos porque había en ellos
algo que le faltaba: Ser universal siendo judía,
abrirse a todos los hombres desde la propia
tradición de su pueblo. El problema no tenía
“solución racional”, en un plano de pura
discusión filosófica, política o religiosa.
Hacía falta una “revelación” más altas. Ese fue
su descubrimiento del “evangelio”, de la buena
noticia de la fraternidad unidad.: «Quiero que
sepáis, hermanos, que mi evangelio no es de
origen humano. Pues no lo recibí de humanos...,
sino por revelación de Jesucristo. Porque habéis
oído mi conducta antigua en el judaísmo... Pero
cuando el Dios, que me eligió desde el vientre
de mi madre... quiso revelarme a su Hijo para
que lo anuncie a los gentiles…» (cf. Gal 1,
11-15). Pablo perseguía a los cristianos
“helenistas” de Damasco, porque ellos habían
“abierto” el judaísmo a los gentiles. Perseguía,
en el fondo, su “misión”, su apertura mesiánica,
que rompía los confines de la Ley del judaísmo
fariseo que él quería defender. En ese sentido,
el problema de la “misión”, es decir, de la
apertura de Israel a los gentiles y de amplitud
universal del mensaje bíblico se encuentra
presente en la vida de Pablo antes de su
conversión y de su misión posterior cristiana.
En su conversión hay dos aspectos básicos:
(a) La visión del Cristo crucificado (un Cristo
rechazado por el Israel oficial, un Cristo
maldito por la Ley).
(b) La superación de un Israel de la “carne”, es
decir, de la LeyRevelación. Pablo no es apóstol
por "mandato eclesial", sino directamente por
llamada y decisión de Cristo (cf Gal 1, 1). Este
elemento de inmediatez forma parte de toda
vocación y ministerio: sólo puede ser ministro
de la iglesia alguien que "ha visto a Jesús" y
ha recibido su tarea. En su origen cristiano,
Pablo se sabe y siente directamente avalado y
enviado por Cristo a quien ha conocido
“directamente” (el Cristo a quien él perseguía)
a través de su experiencia de Damasco. “Pero las
cosas que para mí eran ganancia, las he
considerado pérdida a causa de Cristo. Y aun
más: Considero como pérdida todas las cosas, en
comparación con lo incomparable que es conocer a
Cristo Jesús mi Señor. Por su causa lo he
perdido todo y lo tengo por basura, a fin de
ganar a Cristo y ser hallado en él; sin
pretender una justicia mía, derivada de la ley,
sino la que es por la fe en Cristo, la justicia
que proviene de Dios por la fe (Flp 3, 7-9)
(3) 33-35. Primera misión. El “mundo árabe”.
Pablo conocía bien el cristianismo de los
helenistas: lo conocía como un riesgo para el
judaísmo legal de la rama fariseo. Según eso, él
sabía quien era Jesús, desde la perspectiva de
los misioneros helenistas a quienes él
perseguía. Por eso, tras convertirse, no tiene
que ir a “aprender” quién es Jesús y qué es la
Iglesia, porque ya lo conocer. En ese contexto
se sitúan los tres años de lo que podemos llamar
su misión árabe. "Pero cuando el Dios, que me
eligió desde el vientre de mi madre... quiso
revelarme a su Hijo para que lo anuncie entre
los gentiles, no consulté con carne y sangre, ni
subí a Jerusalén a los que eran apóstoles antes
que yo, sino que fui a Arabia, y regresé otra
vez a Damasco" (Gal 1, 17). Todo nos permite
suponer que actúa como miembro de la Iglesia de
Damasco y que realiza una misión en la Siria
nabatea (Arabia).. Los tres primeros años de
Pablo como cristiano están vinculados a esa
“misión en Arabia”, centrada en la Damasco
nabateo-helenista… o en su entorno, en la zona
que va de la Decápolis a Palmina. No debió tener
mucho éxito. Acabó con la huida de Damasco. “En
Damasco, el gobernador bajo el rey Aretas
guardaba la ciudad de los damascenos para
prenderme; pero fui descolgado del muro por una
ventana en una canasta, y escapé de sus manos”
(2 Cor 11, 32-33). Deberíamos conocer mejor lo
que significa esa “misión en Arabia”, que
termino con una huída sin retorno. ¿Fue una
especie de vuelta al desierto, como quisieron
algunas tradiciones proféticas, que hablan del
nuevo Israel que nace del desierto (Oseas)? ¿Una
esperanza apocalíptica? (Juan Bautista empezó en
el desierto, lo mismo que Jesús: ¿puede situarse
en esa línea el primer evangelio de Pablo?)
(4) año 35. Primera subida a Jerusaén. "Pasados
tres años subí a Jerusalén. Sólo en un segundo
momento, pasados tres años «subí a Jerusalén
para conversar con Cefas y estuve con él quince
días. Pero no vi a ningún otro de los apóstoles,
sino a Santiago, el hermano del Señor» (Gal 1,
18-19). Ha empezado su misión desde Damasco,
quizá en la zona de Oriente, pero, en un momento
dado Ciertamente quiere contrastar su
experiencia con Cefas (=Pedro, Piedra),
referencia central de la iglesia; pero no pide
que le ordenen (que le hagan presbítero u
obispo, en el sentido posterior de la palabra),
sino que le acepten en la comunión de los que
viven y anunciar el evangelio, lo mismo que a
Pedro, lo mismo que a Santiago. No va para
someterse, ni siquiera para “encontrar la raíz
de la Iglesia en Jerusalén” (lugar de Pascua).
Va para “conversar” (historêsai), para situar su
visión de la Iglesia a lado de la visión y
camino de Pedro y Santiago. Ya desde aquí se
entiende la Iglesia en forma de comunión de
iglesias y de comunión de “líderes”.
(5) Años 35-48. Segunda misión, desde Antioquía,
con Bernabé. Pablo ha ido a Jerusalén para
“conversar” con Pedro (y con Santiago), pero no
queda allí. ¿Por qué? Quizá porque aquella no es
su “iglesia”. No forma parte de la misión de la
costa (como Pedro) ni de Samaría (como Felipe),
sino que se hace miembro de la Iglesia de
Antioquía, de la que se siente solidario. Ésta
es la “segunda misión”, de la que Pablo no nos
habla nada… Son para él catorce años de silencio
misionero, que ha sido “cubierto” por el libro
de los Hechos 13-14. En este tiempo, Pablo asume
la misión de los “helenistas”, tal como ha sido
aceptada también por Bernabé, otro “helenista”
de Chipre, afincado primero en Jerusalén y luego
en Antioquía. Éste es el tiempo de misión desde
Antioquía, la primera iglesia “cristiana” en el
sentido posterior de la palabra. Ésta es por
tanto la “misión de Bernabé y de Pablo”, ambos
actúan como apóstoles de la Iglesia de
Antioquía, desde una perspectiva de cristianismo
helenista, creando Iglesias universales, desde
el judaísmo, pero “liberadas de la ley judía”,
abiertas a judíos y gentiles. .
(6). 48/49. “Concilio de Jerusalén”, comunión
discutida. “Después, tras catorce años, subí
otra vez a Jerusalén con Bernabé, llevando
también a Tito. Subí por revelación y les
presenté el evangelio que predico entre los
gentiles, pero en privado a los que tenían
reputación, para cerciorarme de que no corría ni
había corrido en vano... por unos falsos
hermanos que se habían introducido para vigilar
nuestra libertad en Cristo Jesús... Y al
reconocer la gracia que se me había dado,
Santiago, Cefas y Juan, considerados columnas,
nos dieron a mí y a Bernabé la derecha, en señal
de comunión, para que nosotros (fuéramos) a los
gentiles y ellos a los circuncisos; sólo que
recordáramos a los pobres, cosa que nos
apresuramos a cumplir (Gal 2, 1-10; cf. Hec 15).
Pablo y Bernabé se reúnen en Jerusalén con
Santiago (líder de aquella Iglesia) y con Pedro
(que había dejado aquella iglesia en torno al
año 44 y que debe haber vuelto por un tiempo o
para la reunión). Bernabé y Pablo aparecen
unidos como representantes de la “misión a los
gentiles”. Frente a ellos y con ella está el
“trío” de las iglesias más vinculadas a la le
judía: la de Santiago, la de Pedro y la de Juan,
las tras columnas…. Se trata de una comunión
discutida. El problema de la unidad y diversidad
de las iglesias no se resuelve desde arriba, con
un tipo de imposiciones jerárquica, ni de Pedro
(ni de Santiago, que aparece como la autoridad
más alta, el primer “papa”), sino a través de un
ejercicio de diálogo laborioso, paciente. Este
es el gesto básico de la comunión: darse la
mano, reconociendo juntos a Cristo,
reconociéndose unidos en la gran tarea.
7. 48/49. Disputa no resuelta. Iglesia petrina,
iglesia paulina. Tras el llamado Concilio “los
problemas siguen”. Bernabé y Pablo vuelven a
Antioquía… Pero un tiempo después, entre el
49/50 d. C. viene también Pedro, como
representantes de la iglesia originaria. “Pero
cuando Cefas vino a Antioquía, le resistí a la
cara, porque era censurable. Pues antes de venir
algunos de Santiago, comía con los gentiles,
pero cuando vinieron, empezó a retraerse y
apartarse, pues temía a los circuncisos. Y el
resto de los judíos se unieron en su hipocresía,
incluso Bernabé... Pero cuando vi que no andaban
con rectitud según la verdad del evangelio, dije
a Pedro ante todos: Si tú, judío, vives como
gentil ¿cómo obligas a los gentiles a judaizar?
(Gal 2, 11-14). De manera ejemplar, el fin del
relato no es un "idilio" de iglesia que tiene
resueltos sus problemas, sino un camino abierto
con nuevas disputas: la unidad eclesial no es
algo que se logra por la fuerza o que se impone
desde arriba, sino un camino paciente y creador,
en medio de las dificultades de un camino donde
unos y otros parecen tener la razón. Por un
momento, queda a un lado Santiago (en
Jerusalén). Pedro y Pablo salen y se encuentran
en Antioquía, centro y foco de la primera gran
misión cristiana. Ambos mantienen sus
diferencias, sin perder la comunión de base,
como supone Pablo (cf. 1 Cor 1, 12; 3, 22; 9, 5)
y el proceso ulterior de la iglesia. Todos
(Pablo, Pedro-Bernabé, el mismo Santiago)
aceptan la misión a los gentiles, sin necesidad
de circuncidad a convertidos, pero se distinguen
en la forma de expresar y realizar la comunión
entre cristianos de origen judío y gentil. En
este contexto, junto a la “experiencia
judeocristiana estricta” de Santiago (que
despliega una iglesia estrictamente judía, en
Jerusalén), podemos hablar de dos misiones: de
una misión paulina (con unidad plena entre
judíos y paganos, sin obligación de ley judía) y
otra petrina, que conserva ciertos elementos de
la ley judía, en ritos de unidad y comida.
(8) 49-57. La tercera misión de Pablo, misión
universal. Éstos son los años de la misión
paulina propiamente dicha. Ocho o nueve años que
van a cambiar la historia de la iglesia. (1)
Pedro queda en Antioquía, asumiendo la misión
anterior de los helenistas y del mismo Pablo y
Bernabé, haciendo un camino de iglesia “más
prudente”: quiere mantener ciertos ritos de los
judeo-cristianos, un tipo de vinculación con el
judaísmo de la ley; desde ese fondo avanzará
gran parte de la iglesia posterior, como suponen
Mc y Mt, Jn y el mismo Apocalipsis. (2) Pablo
rompe incluso con el mismo Bernabé, que ha sido
hasta ahora su hermano mayor y compañero, de
manera que siguen caminos diferentes (cf. Hech
15, 36-41, aunque las “razones” que aquí se dan
no son las definitivas). Pablo asume y realiza
su misión él sólo, con los suyos… Estos son los
años de su madurez, años en los que va creando
su grandes iglesias, desde Éfeso a hasta
Corinto, pasando por Galacia y Tesalónica. Son
los años de sus cartas auténticas: 1 Tes, 1 y 2
Cor, Gal, Flp, Rom… Ésta es su tercera misión,
su misión definitiva, la única que conocemos de
verdad. Pablo va creando comunidades… esperando
que llegue el final de los tiempos; pues bien,
desde la experiencia de la llegada de ese fin
(para todos los hombres), él va creando las
comunidades en las que se vinculan ya judíos y
gentiles. La misma experiencia de la llegada del
fin de los tiempos abre un espacio de
“universalidad”, una nueva experiencia de
humanidad.
(9) 57-59. Pablo Preso. Tercera subida a
Jerusalén. En torno al año 57 Pablo decide venir
a Roma, para pasar al occidente, para que desde
esa forma el Evangelio se extienda por todo el
mundo conocido. Había comenzando en Arabia
(oriente); quiero llegar a Hispania (occidente),
para que así pueda llegar el Cristo. Pero antes
quiere volver a Jerusalén por tercera vez,
llevando la “colecta” que ha recogido en todo el
oriente, para mantener de esa manera su unidad
con la primera iglesia. El tema de esta
“colecta” y de su anuncio de la subida a
Jerusalén, para reconocer el origen “judío”
concreto de la Iglesia está presente en todas
las últimas cartas de Pablo, desde Gal 2, 10
hasta 2 Cor 8-9 y Rom 15-16. Sabemos que subió a
Jerusalén, con dinero para la iglesia madre,
pero ya no conocemos de primera mano lo que allí
sucedió, sólo lo que cuenta Hechos (Hech 21-26).
Todo nos permite supone que el encuentro final
de Pablo con Santiago puedo ser “dramático”. El
caso es que a Pablo le hacen prisionero,
precisamente en Jerusalén, como a Jesús, por
querer mantener la raíz jerosolimitana de su
evangelio universal.
(10). 60-63. Prisión en Roma, martirio. No
sabemos exactamente como fueron las cosas. El
relato de Hech 27-28 resulta en principio
fiable. Pablo fue llevado prisionero a Roma,
para ser juzgado. Es muy posible que fuera
juzgado y condenado…. Es posible que en su
condena intervinieran no sólo las autoridades
romanas y las acusaciones de algunos “judíos de
Jerusalén”… sino también los celos y divisiones
de otros grupos cristianos de Roma (como parece
suponer 1 Clemente). No parece que pudiera
cumplir su sueño de llegar al occidente (Hispania),
como dice en Rom 15. Había cumplido su misión,
había llegado su hora. Posiblemente fue
martirizado en Roma en los mismos años que
Pedro, que también llegó a la capital del
imperio. En esos mismos años asesinaron a
Santiago, en Jerusalén. Había terminado la
primera etapa de la vida de la iglesia.
El blog de X. Pikaza
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