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El juicio, motivo de consuelo
20 de julio de 2008
Fuera de ti, que te preocupas de todos, no hay
otro Dios al que tengas que probarle que no
actuaste injustamente.
Tu fuerza es el fundamento de tu justicia; como
eres el dueño de todas las cosas, puedes también
perdonarlas.
Muestras tu fuerza a los que ponen en duda tu
poder absoluto; castigas la audacia de los que
lo desafían. Pero, aunque seas un Señor
poderoso, juzgas con moderación y nos gobiernas
con mucha paciencia, porque eres libre de
intervenir cuando quieras.
Al actuar así le has mostrado a tu pueblo que el
justo debe amar a todos los hombres, y has dado
a tus hijos esa dulce esperanza de que después
del pecado les permites que se arrepientan.
(Sabiduría 12, 13. 16-19).
Somos débiles pero el Espíritu viene en nuestra
ayuda. No sabemos cómo pedir ni qué pedir, pero
el Espíritu lo pide por nosotros, sin palabras,
como con gemidos. Y Aquel que penetra los
secretos más íntimos entiende esas aspiraciones
del Espíritu, pues el Espíritu quiere conseguir
para los santos lo que es de Dios. ¿Quién nos
podrá apartar del amor de Dios? (Romanos, 8,
26-27).
Jesús les propuso otra parábola: «Aquí tienen
una figura del Reino de los Cielos. Un hombre
sembró buena semilla en su campo, pero mientras
la gente estaba durmiendo, vino su enemigo,
sembró malas hierbas en medio del trigo, y se
fue. Cuando el trigo creció y empezó a echar
espigas, apareció también la maleza. Entonces
los trabajadores fueron a decirle al patrón:
«Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo?
¿De dónde, pues, viene esa maleza?» Respondió el
patrón: «Eso es obra de un enemigo.» Los obreros
le preguntaron: «¿Quieres que arranquemos la
maleza?» «No, dijo el patrón, pues al quitar la
maleza, podrían arrancar también el trigo.
Déjenlos crecer juntos hasta la hora de la
cosecha. Entonces diré a los segadores: Corten
primero las malas hierbas, hagan fardos y
arrójenlos al fuego. Después cosechen el trigo y
guárdenlo en mis bodegas.»
EL GRANO DE MOSTAZA
Jesús les propuso otra parábola: «Aquí tienen
una figura del Reino de los Cielos: el grano de
mostaza que un hombre tomó y sembró en su campo.
Es la más pequeña de las semillas, pero cuando
crece, se hace más grande que las plantas de
huerto. Es como un árbol, de modo que las aves
vienen a posarse en sus ramas.» Jesús les contó
otra parábola: «Aquí tienen otra figura del
Reino de los Cielos: la levadura que toma una
mujer y la introduce en tres medidas de harina.
Al final, toda la masa fermenta.» Todo esto lo
contó Jesús al pueblo en parábolas. No les decía
nada sin usar parábolas, de manera que se
cumplía lo dicho por el Profeta: Hablaré en
parábolas, daré a conocer cosas que estaban
ocultas desde la creación del mundo. Después
Jesús despidió a la gente y se fue a casa. Los
discípulos se le acercaron y le dijeron:
«Explícanos la parábola de las malas hierbas
sembradas en el campo.» Jesús les dijo: «El que
siembra la semilla buena es el Hijo del Hombre.
El campo es el mundo. La buena semilla es la
gente del Reino. La maleza es la gente del
Maligno. El enemigo que la siembra es el diablo;
la cosecha es el fin del mundo, y los segadores
son los ángeles. Vean cómo se recoge la maleza y
se quema: así sucederá al fin del mundo. El Hijo
del Hombre enviará a sus ángeles; éstos
recogerán de su Reino todos los escándalos y
también los que obraban el mal, y los arrojarán
en el horno ardiente. Allí no habrá más que
llanto y rechinar de dientes. Entonces los
justos brillarán como el sol en el Reino de su
Padre. Quien tenga oídos, que entienda. (Mateo,
13, 24-43).
El trigo y la cizaña
Comentario de Raniero Cantalamessa, OFM Cap.
Predicador del Papa.
Con tres parábolas, Jesús presenta en el
Evangelio la situación de la Iglesia en el
mundo. La parábola del grano de mostaza que se
convierte en un árbol indica el crecimiento del
Reino, no tanto en extensión, sino en
intensidad; indica la fuerza transformadora del
Evangelio que "levanta" la masa y la prepara
para convertirse en pan.
Los discípulos comprendieron fácilmente estas
dos parábolas; pero esto no sucedió con la
tercera, la del trigo y la cizaña, y Jesús tuvo
que explicársela a parte.
El sembrador, dijo, era él mismo; la buena
semilla, los hijos del Reino; la cizaña, los
hijos del maligno; el campo, el mundo; y la
siega, el fin del mundo.
Esta parábola de Jesús, en la antigüedad, fue
objeto de una memorable disputa que es muy
importante tener presente también hoy. Había
espíritus sectáreos, donatistas, que resolvían
la cuestión de manera simplista: por una parte,
está la Iglesia (¡su iglesia!) constituida sólo
por personas perfectas; por otra, el mundo lleno
de hijos del maligno, sin esperanza de
salvación. A estos se les opuso san Agustín: el
campo, explicaba, ciertamente es el mundo, pero
también en la Iglesia; lugar en el que viven
codo a codo santos y pecadores y en el que hay
lugar para crecer y convertirse. "Los malos
--decía-- están en el mundo o para convertirse o
para que por medio de ellos los buenos ejerzan
la paciencia".
Los escándalos que de vez en cuando sacuden a la
Iglesia, por tanto, nos deben entristecer, pero
no sorprender. La Iglesia se compone de personas
humanas, no sólo de santos. Además, hay cizaña
también dentro de cada uno de nosotros, no sólo
en el mundo y en la Iglesia, y esto debería
quitarnos la propensión a señalar con el dedo a
los demás. Erasmo de Roterdam, respondió a
Lutero, quien le reprochaba su permanencia en la
Iglesia católica a pesar de su corrupción:
"Soporto a esta Iglesia con la esperanza de que
sea mejor, pues ella también está obligada a
soportarme en espera de que yo sea mejor".
Pero quizá el tema principal de la parábola no
es el trigo ni la cizaña, sino la paciencia de
Dios. La liturgia lo subraya con la elección de
la primera lectura, que es un himno a la fuerza
de Dios, que se manifiesta bajo la forma de
paciencia e indulgencia. Dios no tiene simple
paciencia, es decir, no espera al día del juicio
para después castigar más severamente. Se trata
de magnanimidad, misericordia, voluntad de
salvar.
La parábola del trigo y de la cizaña permite una
reflexión de mayor alcance. Uno de los mayores
motivos de malestar para los creyentes y de
rechazo de Dios para los no creyentes ha sido
siempre el "desorden" que hay en el mundo. El
libro bíblico de Qoelet (Eclesiastés), que
tantas veces se hace portavoz de las razones de
los que dudan y de los escépticos, escribía:
"Todo le sucede igual al justo y al impío...
Bajo el sol, en lugar del derecho, está la
iniquidad, y en lugar de la justicia la
impiedad" (Qoelet 3, 16; 9,2). En todos los
tiempos se ha visto que la iniquidad triunfa y
que la inocencia queda humillada. "Pero --como
decía el gran orador Bossuet-- para que no se
crea que en el mundo hay algo fijo y seguro, en
ocasiones se ve lo contrario, es decir, la
inocencia en el trono y la iniquidad en el
patíbulo".
La respuesta a este escándalo ya la había
encontrado el autor de Qoelet: "Dije en mi
corazón: Dios juzgará al justo y al impío, pues
allí hay un tiempo para cada cosa y para toda
obra" (Qoelet 3, 17). Es lo que Jesús llama en
la parábola "el tiempo de la siega". Se trata,
en otras palabras, de encontrar el punto de
observación adecuado ante la realidad, de ver
las cosas a la luz de la eternidad.
Es lo que pasa con algunos cuadros modernos que,
si se ven de cerca, parecen una mezcla de
colores sin orden ni sentido, pero si se
observan desde la distancia adecuada, se
convierten en una imagen precisa y poderosa.
No se trata de quedar con los bazos cruzados
ante el mal y la injusticia, sino de luchar con
todos los medios lícitos para promover la
justicia y reprimir la injusticia y la
violencia. A este esfuerzo, que realizan todos
los hombres de buena voluntad, la fe añade una
ayuda y un apoyo de valor inestimable: la
certeza de que la victoria final no será de la
injusticia, ni de la prepotencia, sino de la
inocencia.
Al hombre moderno le resulta difícil aceptar la
idea de un juicio final de Dios sobre el mundo y
la historia, pero de este modo se contradice,
pues él mismo se rebela a la idea de que la
injusticia tenga la última palabra. En muchos
milenios de vida sobre la tierra, el hombre se
ha acostumbrado a todo; se ha adaptado a todo
clima, inmunizado a muchas enfermedades. Hay
algo a lo que nunca se ha acostumbrado: a la
injusticia. Sigue experimentándola como
intolerable. Y a esta sed de justicia responderá
el juicio. Ya no sólo será querido por Dios,
sino también por los hombres y, paradójicamente,
también por los impíos. "En el día del juicio
universal --dice el poeta Paul Claudel--, no
sólo bajará del cielo el Juez, sino que se
precipitará a su alrededor toda la tierra".
¡Cómo cambian las vicisitudes humanas cuando se
ven desde este punto de vista, incluidas las que
tienen lugar en el mundo de hoy! Tomemos el
ejemplo que tanto nos humilla y entristece a
nosotros, los italianos, el crimen organizado,
la mafia la ‘ndrangheta, la camorra..., y que
con otros nombres está presente en muchos
países. Recientemente el libro "Gomorra" de
Roberto Saviano y la película que se ha hecho
sobre él han documentado el nivel de odio y de
desprecio alcanzado por los jefes de estas
organizaciones, así como el sentimiento de
impotencia y casi de resignación de la sociedad
ante este fenómeno.
En el pasado, hemos visto personas de la mafia
que han sido acusadas de crímenes horrorosos
defenderse con una sonrisa en los labios, poner
en jaque a jueces y tribunales, reírse ante la
falta de pruebas. Como si, librándose de los
jueces humanos, habrían resuelto todo. Si
pudiera dirigirme a ellos, les diría: ¡no os
hagáis ilusiones, pobres desgraciados; no habéis
logrado nada! El verdadero juicio todavía debe
comenzar. Aunque acabéis vuestros días en
libertad, temidos, honrados, e incluso con un
espléndido funeral religioso, después de haber
dado grandes ofertas a obras pías, no habréis
logrado nada. El verdadero Juez os espera detrás
de la puerta, y no se le puede engañar. Dios no
se deja corromper.
Debería ser, por tanto, motivo de consuelo para
las víctimas y de saludable susto para los
violentos lo que dice Jesús al concluir su
explicación sobre la parábola de la cizaña: "De
la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y
se la quema en el fuego, así será al fin del
mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles,
que recogerán de su Reino todos los escándalos y
a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en
el horno de fuego; allí será el llanto y el
rechinar de dientes. Entonces los justos
brillarán como el sol en el Reino de su Padre".
Comentario al Evangelio del XVI Domingo del
tiempo ordinario, 20 de julio de 2008
[Traducción del original italiano realizada por
Jesús Colina] |