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Un Dios de palabra
13 de julio de 2008
Como baja la lluvia y la nieve de los cielos y
no vuelven allá sin haber empapado la tierra,
sin haberla fecundado y haberla hecho germinar,
para que dé la simiente para sembrar y el pan
para comer, así será la palabra que salga de mi
boca. No volverá a mí con las manos vacías sino
después de haber hecho lo que yo quería, y haber
llevado a cabo lo que le encargué.(Isaías 55,
10-11)
Estimo que los sufrimientos de la vida presente
no se pueden comparar con la Gloria que nos
espera y que ha de manifestarse. Algo entretiene
la inquietud del universo, y es la esperanza de
que los hijos e hijas de Dios se muestren como
son. Pues si la creación se ve obligada a no
lograr algo duradero, esto no viene de ella
misma, sino de aquel que le impuso este destino.
Pero le queda la esperanza; porque el mundo
creado también dejará de trabajar para que sea
destruido, y compartirá la libertad y la gloria
de los hijos de Dios. Vemos que la creación
entera gime y sufre dolores de parto. Y también
nosotros, aunque ya tengamos el Espíritu como un
anticipo de lo que hemos de recibir, gemimos en
nuestro interior mientras esperamos nuestros
derechos de hijos y la redención de nuestro
cuerpo.(Romanos 8, 18-23)
LA PARÁBOLA DEL SEMBRADOR
Ese día Jesús salió de casa y fue a sentarse a
orillas del lago. Pero la gente vino a él en tal
cantidad, que subió a una barca y se sentó en
ella, mientras toda la gente se quedó en la
orilla. Jesús les habló de muchas cosas, usando
comparaciones o parábolas. Les decía: «El
sembrador salió a sembrar. Y mientras sembraba,
unos granos cayeron a lo largo del camino:
vinieron las aves y se los comieron. Otros
cayeron en terreno pedregoso, con muy poca
tierra, y brotaron en seguida, pues no había
profundidad. Pero apenas salió el sol, los
quemó y, por falta de raíces, se secaron. Otros
cayeron en medio de cardos: éstos crecieron y
los ahogaron. Otros granos, finalmente, cayeron
en buena tierra y produjeron cosecha, unos el
ciento, otros el sesenta y otros el treinta por
uno. El que tenga oídos, que escuche.» Los
discípulos se acercaron y preguntaron a Jesús:
«¿Por qué les hablas en parábolas?» Jesús les
respondió: «A ustedes se les ha concedido
conocer los misterios del Reino de los Cielos,
pero a ellos, no. Porque al que tiene se le dará
más y tendrá en abundancia, pero al que no
tiene, se le quitará aun lo que tiene. Por eso
les hablo en parábolas, porque miran, y no ven;
oyen, pero no escuchan ni entienden. En ellos se
verifica la profecía de Isaías: Por más que
oigan, no entenderán, y por más que miren, no
verán. Este es un pueblo de conciencia
endurecida. Sus oídos no saben escuchar, sus
ojos están cerrados. No quieren ver con sus
ojos, ni oír con sus oídos y comprender con su
corazón. Pero con eso habría conversión y yo los
sanaría. ¡Dichosos los ojos de ustedes, que
ven!; ¡dichosos los oídos de ustedes, que oyen!
Yo se lo digo: muchos profetas y muchas personas
santas ansiaron ver lo que ustedes están viendo,
y no lo vieron; desearon oír lo que ustedes
están oyendo, y no lo oyeron. Escuchen ahora la
parábola del sembrador: Cuando uno oye la
palabra del Reino y no la interioriza, viene el
Maligno y le arrebata lo que fue sembrado en su
corazón. Ahí tienen lo que cayó a lo largo del
camino. La semilla que cayó en terreno
pedregoso, es aquel que oye la Palabra y en
seguida la recibe con alegría. En él, sin
embargo, no hay raíces, y no dura más que una
temporada. Apenas sobreviene alguna contrariedad
o persecución por causa de la Palabra,
inmediatamente se viene abajo. La semilla que
cayó entre cardos, es aquel que oye la Palabra,
pero luego las preocupaciones de esta vida y los
encantos de las riquezas ahogan esta palabra, y
al final no produce fruto. La semilla que cayó
en tierra buena, es aquel que oye la Palabra y
la comprende. Este ciertamente dará fruto y
producirá cien, sesenta o treinta veces más.»
(Mateo 13, 1-2)
Comentario a las lecturas
Padre Raniero Cantalamessa, OFM (Orden de los
Franciscanos Menores)
Las lecturas de este domingo hablan de la
Palabra de Dios con dos imágenes entrelazadas:
la de la lluvia y la de la semilla. Isaías, en
la primera, lectura compara la Palabra de Dios
con la lluvia que baja del cielo y no vuelve sin
haber regado y hecho germinar las semillas;
Jesús en el Evangelio habla de la Palabra de
Dios como de una semilla que cae en terrenos
distintos y que produce fruto. La Palabra de
Dios es semilla porque genera la vida y es
lluvia que alimenta la vida, que permite a la
semilla germinar.
Hablando de la Palabra de Dios damos a menudo
por descontado el hecho más conmovedor de todos,
y es el que Dios hable. ¡El Dios bíblico es un
Dios que habla! "Habla el Señor, Dios de dioses,
no está en silencio", dice el salmo (Sal 50,
1-3); Dios mismo repite a menudo: "Escucha,
pueblo mío, quiero hablar" (Sal 50, 7). En esto
la Biblia ve la diferencia más clara con los
ídolos que "tienen boca pero no hablan" (Sal
114, 5).
Pero, ¿qué significado debemos dar a expresiones
tan antropomórficas como "Dios dijo a Adán",
"así habla el Señor", "dice el Señor", "oráculo
del Señor" y otras parecidas? Se trata
evidentemente de un hablar diverso del humano,
un hablar a los oídos del corazón. ¡Dios habla
como escribe! "Pondré mi ley en sus almas, la
escribiré en su corazón", dice en el profeta
Jeremías (Jr 31, 33). Él escribe sobre el
corazón y también sus palabras las hace resonar
en el corazón. Lo dice expresamente él mismo a
través del profeta Oseas, hablando de Israel
como de una esposa infiel: "Por eso yo voy a
seducirla; la llevaré al desierto y hablaré a su
corazón" (Oseas 2, 16).
Dios no tiene boca ni aliento humano: su boca es
el profeta, su aliento es el Espíritu Santo. "Tu
serás mi boca", dice Él mismo a sus profetas.
Afirma también "pondré mi palabra en tus
labios". Este es el sentido de la célebre frase:
"hombres movidos por el Espíritu Santo, han
hablado de parte de Dios" (2 Pedro 1, 21). La
tradición espiritual de la Iglesia ha acuñado la
expresión "locuciones interiores" para esta
manera de hablar dirigida a la mente y al
corazón.
Y sin embargo, se trata de un hablar en el
verdadero sentido del término; la criatura
recibe un mensaje que puede traducir en palabras
humanas. Tan vivo y real es el hablar de Dios,
que el profeta recuerda con precisión el lugar,
el día y la hora en que cierta palabra "vino"
sobre él. Tan concreta es la Palabra de Dios que
de ella se dice que "cae" sobre Israel, como si
fuera una piedra (Is 9,7), o como si fuera un
pan que se come con gusto: "Se presentaban tus
palabras, y yo las devoraba; era tu palabra para
mí un gozo y alegría de corazón" (Jeremías 15,
16). Ninguna voz humana llega al hombre con la
profundidad con que le llega la palabra de Dios.
"Ciertamente, es viva la Palabra de Dios y
eficaz, y más cortante que espada alguna de dos
filos. Penetra hasta las fronteras entre el alma
y el espíritu, hasta las junturas y médulas; y
escruta los sentimientos y pensamientos del
corazón" (Hebreos 4,12). A veces el hablar de
Dios es "un trueno poderoso que descuaja los
cedros del Líbano" (Salmo 28), otras veces
parece el "murmullo de una brisa ligera" (1
Reyes 19,12). Conoce todos los tonos del hablar
humano.
Esta naturaleza interior y espiritual del hablar
de Dios cambia radicalmente en el momento en el
que "el Verbo se ha hecho carne". Con la venida
de Cristo, Dios habla también con voz humana,
que se pude oír con los oídos no sólo del alma,
sino también del cuerpo.
La Biblia atribuye, como puede verse, a la
palabra una dignidad inmensa. No han faltado
intentos de cambiar la solemne afirmación con la
que Juan inicia su Evangelio: "En el principio
existía la Palabra". Goethe hace decir a su
Fausto: "Al principio existía la acción", y es
interesante ver cómo el escritor llega a esta
conclusión. No puedo, dice Fausto, dar a "la
palabra" un valor tan alto; quizás debo
entenderla como el "sentido"; pero, ¿puede el
sentido ser el que todo lo actúa y crea?
¿Entonces debería decirse: "Al principio existía
la fuerza"? Pero no, una iluminación repentina
me sugirió la respuesta: "Al principio existía
la acción".
Pero son intentos de corrección injustificados.
El Verbo, o Logos de Juan contiene todos los
significados que Goethe asigna a los demás
términos. Éste, como se ve en el resto del
Prólogo, es luz, es vida, es fuerza creadora.
Dios creó al hombre "a su imagen" precisamente
porque lo creó capaz de hablar, de comunicar y
de establecer relaciones. Él, que contiene en sí
mismo, desde la eternidad, una Palabra, ha
creado al hombre dotado de palabra. Para ser, no
sólo "a imagen" sino también "a semejanza" de
Dios (Génesis 1, 26), no basta que el hombre
hable, sino que debe imitar el hablar de Dios.
El contenido y motor del hablar de Dios es el
amor. Dios habla por el mismo motivo que crea:
"Para infundir su amor en todas las criaturas y
deleitarlas con los esplendores de su gloria",
como dice la Plegaria Eucarística IV. La Biblia,
desde el principio hasta el final, no es más que
un mensaje de amor de Dios a sus criaturas. Los
tonos pueden cambiar, desde el iracundo hasta el
tierno, pero la sustancia es siempre y solamente
el amor.
Dios se ha servido de la palabra para comunicar
la vida y la verdad, para instruir y consolar.
Esto nos suscita la pregunta: ¿qué uso hacemos
nosotros de la palabra? En su drama "Puertas
cerradas", Sartre nos ha dado una imagen
impresionante de en qué se puede convertir la
comunicación humana cuando falta el amor. Tres
personas son introducidas, en breves intervalos,
en una habitación. No hay ventanas, la luz está
al máximo y no hay posibilidad de apagarla, hace
un calor sofocante, y no hay en ella nada más
que un asiento para cada uno. La puerta,
naturalmente, está cerrada, la campanilla existe
pero no suena. ¿Quiénes son estas personas? Son
tres muertos, un hombre y dos mujeres, y el
lugar en el que se encuentran es el infierno. No
hay espejos, y cada uno no puede verse más que a
través de las palabras del otro, que le ofrece
la imagen más horrible de sí mismo, sin ninguna
misericordia, al contrario, con ironía y
sarcasmo. Cuando después de un rato sus almas se
han desnudado la una a la otra y las culpas de
las que se avergüenzan han salido a la luz una a
una y disfrutadas por los otros sin piedad, uno
de los personajes dice a los otros dos:
"Recordad: el azufre, las llamas, las torturas
con el fuego. Todo tonterías. No hay ninguna
necesidad de tormentos: el infierno son los
otros". El abuso de la palabra puede transformar
la vida en un infierno.
San Pablo da a los cristianos esta regla de oro
a propósito de las palabras: "No salga de
vuestra boca palabra dañosa, sino la que sea
conveniente para edificar según la necesidad y
hacer el bien a los que os escuchen" (Efesios 4,
29). La palabra buena es la que sabe escoger el
lado positivo de una acción y de una persona, y
que, incluso cuando corrige, no ofende; palabra
buena es la que da esperanza. Palabra mala es
toda palabra dicha sin amor, para herir y
humillar al prójimo. Si la palabra mala sale de
los labios, será necesario retractarse. No son
del todo ciertos los versos del poeta italiano
Metastasio:
"Voce dal sen fuggita / Voz que del seno ha
salido
più richiamar non vale; / ya no vale la pena ser
retirada
non si trattien lo strale, / no puede detenerse
la fecha
quando dall'arco uscì". /cuando ha salido del
arco
Se puede retirar una palabra salida de la boca,
o al menos limitar su efecto negativo, pidiendo
perdón. ¡Qué don, entonces, para nuestros
semejantes y qué mejora de la calidad de vida en
el seno de la familia y de la sociedad!
XV Domingo del Tiempo Ordinario, 13 de julio de
2008 |