|
Pasión guajira
Dora Amador
¿Por qué necesito compartir esta belleza tan
íntima? La pregunta me la hice varias veces
mientras preparaba el café imprescindible al
amanecer de todos los días. Mirando a través de
la ventana la claridad naciente de un azul
milagroso, me vinieron varias respuestas a la
mente: porque me tocó un fibra espiritual que no
puede quedarse en mí, tiene que estallar, como
los verdes retoños de vida que vemos brotar de
pronto en tallos y ramas que parecían muertos,
pero que al llegar la primavera resucitan, es un
canto a la vida. Porque removió las raíces
campesinas que me siembran todavía a esa tierra,
a ese alba, a aquellos cantos de gallos, aunque
haya hallado ya el verdadero arraigo, amor de
Dios; porque otros tienen que conocer esta parte
de la “realidad cubana”; porque existe la
esperanza, la fe de un subsuelo humano que
palpita desde lo hondo y ha salido, esta es la
prueba, esta la certeza anhelada de lo que no se
ve. La Cuba telúrica de mi sueño, que es
realidad.
¿Por qué necesito apresurarme a escribir estas
líneas, si apenas tengo tiempo para compartir
con ustedes esta maravilla descubierta antes que
saliera el sol de hoy?
He trabajado todo el fin de semana (19 y 20 de
julio) en esta edición de Palabra para
publicarla hoy mismo. Algo faltaba, yo lo sabía.
Pero ya había dado este trabajo por terminado,
tengo que pasar a otros que no esperan. Y
entonces, como suele suceder, Dios irrumpió en
mi realidad complicada pero manejable de
principio de semana con poco tiempo y mucho
trabajo. “Be still and know that I am God”,
se me olvida tantas veces esa grandiosa
advertencia de la Biblia.
A vuelo de pájaro me había adentrado en ese
infinito bosque virtual que es internet para ver
si avizoraba desde lo alto en mi vuelo alguna
noticia, algo nuevo sobre Cuba. Lo hice
apresurada en preparación a la reunión editorial
que todos los lunes por la mañana tenemos en el
Directorio Democrático Cubano, organización para
la que trabajo con orgullo por la obra de amor y
patria que ahí se lleva a cabo a diario en una
lucha incesante, agotadora muchas veces.
Cuando en el documental 25
kilómetros
de
Jeffrey Puente
vi a una de las
protagonistas sintonizar en un viejo radio de
onda corta un programa católico, me imaginé en
el estudio de grabación de Radio República, la
voz del D.D.C. transmitiendo por onda corta para
toda Cuba
el
programa
católico
Palabra.
Cuántas confirmaciones hemos recibido desde
ciudades y campos de la Isla. Cómo gusta y que
necesidad tienen los cubanos
de escuchar la palabra de Dios. Los cubanos
tienen sed de lo espiritual.
Y así fue que en mi búsqueda
noticiosa de rutina –aunque por cierto más
temprano que lo usual, porque
estaba desvelada– se dio una epifanía.
Tan inesperado semejante esplendor. Primero fue
una entrevista que me emocionó hasta casi
hacerme llorar, que le hizo Miguel Sabater a uno
de los hombres que más admiro y quiero de mi
tierra: Monseñor Siro González, publicada en la
revista Palabra Nueva. Lo segundo fue el
documental de Jeffrey Puente, 25 Kilómetros,
que vi en el blog penúltimos días de
Ernesto Hernández Busto.
El tema común es la gracia de Dios obrando en el
espíritu de unos campesinos. Fue –y esto me vino
a la memoria mucho después– como si volviera a
observar, pero con mucha más intensidad El
Angelus, de Jean-François Millet, aquella
pintura que un día vi y que tanto impacto causó
en mí en el Museo de Orsay, en París.
Es hermosa
la
semblanza que hace Sabater de monseñor Siro, ex
obispo de Pinar del Río, ahora retirado en el
pueblo de Mantua, lugar internado en lo más
profundo del monte, para dedicarse a la oración
silenciosa y solitaria, a la acogida de
todos los que llegan a su casa.
El
luminoso santuario
que ha ido construyendo con sus manos,
y
el
Espíritu que
habita en
este sacerdote bueno,
atraen a
los guajiros mantuanenses
en su búsqueda inconsciente de lo sagrado.
La obra de Puente, un poeta del documental, que
hace pocos días se quedó exiliado en Miami “se
resume en una trilogía que explora la
religiosidad e idiosincrasia de comunidades
rurales en la zona de Pinar del Río: 25
Kilómetros (2005); 72 Horas (2007) y
Para subir al cielo (2008). El realizador
es natural de Candelaria, es católico y mantuvo
estrechos vínculos con el Centro Cívico
Religioso de la Arquidiócesis de Pinar del Río”,
dice Wilfredo Cancio Isla en la entrevista que
le hizo en El Nuevo Herald
Cineasta desertor dice que Cuba es un “escenario
del no futuro”.
“Me
interesaba penetrar en el mundo de un sector
marginal de católicos del campo cubano que vive
la religión de una manera orgánica y que en
condiciones de máxima precariedad mantienen su
fe como refugio para sobrevivir en la Cuba de
hoy'', relató el cineasta en la entrevista de
Cancio Isla. "Pero esas imágenes de fe, de
templos y de vocación religiosa no podían
aparecer por la televisión cubana''.
Tampoco
han aparecido
en la television
miamense. El derrumbe, la corrupción, lo
grotesco, el mal que corroe
esa isla y
que obsesiona
casi morbosamente –se contagia esa
morbosidad, la he padecido– a nuestros
presentadores del tema cubano en la television
local, hace que ignoren o
quieran ignorar esa otra “realidad cubana” que
también existe, pero que no vemos o no queremos
ver.
Gracias
doy
a estos dos pinareños, uno escritor y
otro documentalista, porque me han cautivado
enseñándome lo que ellos supieron ver, supieron
captar y necesitaron compartir lanzando al aire
sus obras como palomas. Son semillas buenas, han
caído en tierra fértil, yo soy parte de esa
tierra y de esa fe, que como el trigo que crece
junto a la cizaña están siendo observados por
Dios, que aguarda la hora de la cosecha. |